LA JUSTICIA COMO ICONO (SEGUNDA PARTE)

julio 1, 2009


La primigenia Justicia estaba constituida por dos referentes numénicos de la edad dorada de los griegos: Temis y Némesis. Ambas diosas reciben cultos similares en modo, lugar y tiempo, lo que parece extraño porque sus figuras no suelen coincidir en los relatos míticos. Apenas se relacionan dada su cercanía con Zeus, aunque en una medida muy distinta. Según los relatos, la primera es aparentemente tratada como un igual por el máximo dios; la segunda, en cambio, es objeto de un amor no correspondido, hecho que marca una relación violenta y de rechazo. Desde este primer acercamiento notamos la tensión entre Temis y Nemésis en el imaginario presocrático: Temis la inmaculada, con una belleza que supera la frivolidad del desorden orgiástico, se encarama en las altas cumbres del Orden; y Némesis, por el otro lado, si bien de naturaleza sublime, contraría a la pureza y más bien parece espuria y mancillada. Esta condición bivalente corresponde al ideal griego de Justicia, profundamente mística, arrojada al arte en forma de literatura y escultura.

 

Temis corresponde a una Titánide, poderosa diosa respecto de la cual los antiguos rendían homenaje no sólo inspirados en el orden divino, las leyes y las costumbres, sino que en la correcta relación entre el hombre y la mujer. En cuanto tal, a veces era confundida con Gaia, la Madre Tierra, la que surge luego del caos inicial. De su vientre nacen tres bellas hijas: Las Horas, personificaciones de las estaciones del año; y tres algo más escalofriantes: las Moiras, oscuras tejedoras del destino de los hombres. Las primeras, Eunomia, Dices y Eirene, rescatan, por separado, la figura simbólica de Temis, a saber, el buen orden, la armonía y la paz. Son el espejo de su carácter optimista, una apología a la vida y su aparente belleza. Las segundas, Cloto, Láquesis y Átropos, rigen la vida de los hombres, labran su delicado porvenir con sus hilos en las profundidades del Tártaro. Así, la imagen glorífica de la diosa es desparramada en sus hijas: en las primeras la pasividad del hombre hacia el sino del mundo, en las segundas su actividad redentora para recrearlo.

 

Némesis, por su parte, conformaría la síntesis de las segundas hijas de Temis. Es la moira entronizada como justicia eterna sobre los destinos de dioses y hombres1. Mide la felicidad o desdicha, es que ante cualquier desarmonía reprobada por Temis, la alada castiga. En el mito del Narciso, es ella quien lo condena a muerte por rechazar a la ninfa Eco. Le muestra al hombre la terrible hermosura, su decadencia original revestida de revelación, su propia imagen. Además, como adelantábamos, vive una violenta relación con Zeus, siempre tratando de escapar de él y sus deseos. Para ello incluso se transforma en una oca y oculta en las tinieblas del fondo marino es finalmente atrapada. De esta relación surge Helena, la femme fatale por antonomasia. Su impactante belleza, concupiscencia desbordante, y espíritu desobediente constituye una vuelta al velo glorioso de la Justicia, cubriendo el horror de la daimon-madre. Suyo es el brebaje para que el hombre vea la elegante exuberancia por doquier, el hermoso fantasma de la mujer, el eterno femenino goethiano2.

 

Así las cosas, Temis debe compararse, gracias a los relatos que la caracterizan como “la de las hermosas mejillas” y la belleza de la representación de su rostro en el templo de Némesis, con la mística idea de que el medio esgrimido para la consecución de la justicia, el llamado Derecho Infinito, no es más que la “derechura de la acogida hecha al rostro”3. Su bondad, complemento de su belleza, es señalada al ser la primera en ofrecerle una copa a Hera, en cuanto vuelve al Partenón arrepentida por su desobediencia. No sólo supone una profunda belleza, armonía y templanza, un arrobamiento en la beatitud de la existencia y una inherente magnificencia, sino además influye en el medio justo, el Derecho. Prueba de ello es que los jueces de la época eran conocidos como sus sirvientes, los themistopoloi.

 

Némesis, en cambio, fundamenta el místico deseo de venganza, la justificación de la auto-tutela propia de la Grecia presocrática de profunda influencia oriental. Las antorchas, espadas y serpientes que acompañaban su representación icónica la sitúan en un plano hostil o al menos agresivo. Esto, sumado a que la diosa surge y participa de las profundidades -unos dirán el océano, otros las tinieblas-, nos propone la lectura arquetípica de la sombra, inconsciente regulador de los deseos execrables y reprimidos: la venganza y el castigo al desobediente. Supone un impulso re-afirmador del griego en su existencia trágica, desgarrada de la aparente belleza apolínea y legalidad temística, proponiendo más bien la “profunda injusticia” a través de la monstruosidad del castigo en cuanto horroroso regreso a los infiernos.

 

A partir de esta dualidad inherente al mito de la Justicia, debemos reconstruir el desarrollo simbólico de Justicia en occidente, el cual, como veremos, sufre una creciente racionalización tanto de contenido como de forma. El primer intento lo conforman los griegos clásicos, quienes conciben la Justicia con un profundo sentido histórico-moral.
Renán Gallardo Ángel
rpgallar@gmail.com
Compartiendo El Silencio

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[1]Cfr. NIETZCHE, Friedrich, El Nacimiento de la Tragedia, Editorial Biblioteca Nueva, Madrid, 2007, p. 154.
[2] Cfr. GOETHE, Johann W., Fausto, Editorial Biblioteca Edad, Madrid, 2005, pág. 92. También referencias en NIETZCHE (nota 1) p.115.
[3]LEVINAS, Emmanuel en GEBEROVICH, Fernando, et.al., Primer Coloquio Internacional Deseo de Ley, Editorial Biblos, p. 114. Edición online en http://books.google.es/ (Revisada el 13.03.09

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