LA JUSTICIA COMO ICONO (PARTE FINAL)

julio 1, 2009


Esta creciente formalización del concepto devino en un nuevo elemento icónico para la señora Justicia: la venda que le cubrió los ojos a partir del s. XVIII.

Sobre la base de “De los delitos y las penas”, se hace un llamado de atención a los ciudadanos del Estado Moderno, en cuanto deben someterse irrestrictamente al texto legal. Nada de interpretaciones equívocas e impulsivas que tiendan al caos jurisprudencial. Se cree que:

“El espíritu de la ley sería, pues, la resulta de la buena o mala lógica de un juez, de su buena o mala digestión; dependerá de la violencia de sus pasiones, de la flaqueza del que sufre, de las relaciones que tuviere con el ofendido y todas aquellas pequeñas fuerzas que cambian las apariencias de los objetos en el ánimo fluctuante del hombre”1.

 

Y, por lo tanto, también termina creyéndose en un juez-máquina que escupe la ley ante los justiciables, limitándose a un mero silogismo deductivo, a saber, la subsunción del caso concreto a la ley.

 

En consecuencia, la Justicia se vuelve una mujer menos intuitiva y artística, adquiriendo características masculinas: lógica y racionalidad. Lo que se quiere evitar -retomando nuestro análisis simbólico- es que la hermosa joven llena de virtud se enamore o envejezca, reflejo de los miedos del hombre moderno. Nada de miramientos específicos, nada de discurrir sobre el Derecho aplicable en virtud de su calificación o relevancia, basta atender sobre la exactitud de los hechos en cuestión. No vaya a ocurrir que nuestra más preciada doncella se enamore y nos deje por un inteligente caballero. O peor aún, que envejezca al ver el paso del tiempo, que ya no nos guste como mujer y en despecho se convierta en la más sórdida anciana, el símbolo de la desigualdad y los tratos infamantes, o, en el peor de los casos, en la más grave corrupción.

Libertad interpretativa contra la seguridad jurídica, donde es la segunda la que se lleva la mejor parte. Se vendan los ojos de nuestra Justicia. ¡Qué paradoja preferimos que la ciega tome la espada!.
Renán Gallardo Ángel
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