LA JUSTICIA COMO ICONO (TERCERA PARTE)

julio 1, 2009


El sabio poeta Toegnis de Megara ya decía, un siglo antes que el de Pericles, que “en la justicia se hayan representadas todas las virtudes”, y sin embargo – interpretando al poeta- fueron los filósofos clásicos quienes le otorgaron a la Justicia una nueva fisonomía conceptual. En un afán ético, la consideraron como la madre de todas las virtudes, y si bien la diferenciaron con las otras fundamentales (prudencia, templanza y fortaleza), ella les proporcionó cohesión.

 

Semejante idea es transfundida a Roma a través de San Ambrosio y San Agustín, con evidente cariz teológico. Es finalmente Santo Tomás de Aquino en su Summa quien la caracterizará como el hábito de la voluntad de tipo justinianea tan conocida entre nosotros.

Esto corresponde a un punto de inflexión en la representación icónica de la Justicia. Por influencia alejandrina y posteriormente romana-católica, las virtudes cardinales fueron objetos de innumerables estatuas, pinturas, adornos y otras ilustraciones en todo el orbe. Su finalidad, sin embargo, no era ser objeto de culto, sino conservar ciertas categorías, infundidas a posteriori de una cierta argumentación racional. De esta manera, alejándose de su valor estético original, la Justicia fue un monumento al orden impuesto, a la jerarquía y a la razón. De la inspiración preclásica se conservó el sexo femenino, pero a éste se agregaron diferentes instrumentos para ser blandidos por ella.

 

Así, la Justicia se volvió civilizadora, naciendo el procedimiento formal como condición necesaria para su consecución. Semejante idea se representa a través de las cadenas u otras armas que a veces brillan en su costado. La balanza, como contrapeso, es producto de la Equidad como fundamento de su naturaleza: el principio rector de toda virtud debe estar al más perfecto cálculo, no debiendo dejar un ápice para la irregularidad. Si bien la proporcionalidad de los designios se vuelve un sine qua non en la resolución de los casos, todavía goza de ribetes salomónicos, dejando espacio para la válvula de escape de la correcta intelección. Por sobre el estricto cumplimiento de la ley terrestre, las resoluciones deben adecuarse con aquella llamada “natural” atendida a una completa observancia de los hechos. Aquí es donde subyace la simbología de los libros que muchas veces muestra en sus manos, siempre correspondientes a textos jurídicos o bíblicos, únicas formas de saber sobre las cuales el jurista puede enarbolar a la primera virtud de todas.

Renán Gallardo Ángel
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