REFLEXIONEMOS……..

julio 8, 2009


“La patología del sentimiento legal es para el legista y para el filósofo del Derecho, o debiera ser (…) lo que la patología del cuerpo humano es para los médicos, y revela indudablemente el secreto de todo el Derecho. El dolor que el hombre experimenta cuando es lastimado, es la declaración espontánea, instintiva, violentamente arrancada de lo que el derecho es para él, en su personalidad, primeramente, y como individuo de clase luego; (…) Los que no han tenido ocasión de medir experimentalmente este dolor, no saben lo que es el Derecho, por más que tengan en su cabeza todo el Corpus juris; porque no es la razón, sino el sentimiento el que puede resolver esta cuestión.”

Caspar Rudolf von Ihering en
La Lucha por el Derecho. 1872
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 “El papel de los profesionistas del derecho se agiganta, porque el abogado bueno, que no el buen abogado, se convierte en abanderado de una justicia que reconocidamente no existe, pero por la que vale la pena luchar para aproximarse poco a poco en espera de algún día toparse con ella, aun de forma casual y fugaz.

Nótese por tanto, que no es una lucha amarga, desesperanzada, perdida de antemano, antes, es una lucha ilusionada, convencida de que llegará; tenaz, porque se avanza y se retrocede y gratificante, aunque sólo sea para cerrar el paso a la simulación de los estadistas.
De esta manera, paradójicamente, los soldados de la utopía, los que buscan la justicia, son realistas en cuanto combaten un engaño tangible, la sinceridad obliga a reconocer que no vivimos todavía en una sociedad justa, ni mucho menos solidaria, mas la honestidad nos empuja a luchar por la justicia aunque sea imperfecta, no sólo porque con este esfuerzo nos aproxima al final utópico, sino porque además nos vamos alejando paso a paso de la barbarie del pasado, ya que si la situación presente es mala, la pasada fue peor.”
 
Alfonso Ríos Gamiño, Abogado.
en su ensayo “En dónde está la justicia”.
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 “El drama del juez es la soledad; por que él, que para juzgar debe estar libre de afectos humanos y colocado en un peldaño más alto que el de sus semejantes, difícilmente encuentra la dulce amistad, que exige espíritus colocados en el mismo nivel, y si ve que se le aproxima, tiene el deber de esquivarla con desconfianza, antes de tener que darse cuenta de que sólo la movía la esperanza de sus favores o de oír que se la censuran como traición a su imparcialidad.

 
Piero Calamandrei, en Elogio de los Jueces escrito por un Abogado. 1935

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“La jurisdicción debe ejercerse siempre en libertad, a fin de poner siempre primero al derecho. Libertad que implica la obligación de hacer siempre lo debido y no lo que resulta popular, y a veces de fácil comprensión para grupos muy numerosos de la sociedad.”

Ministra Beatriz Luna Ramos. Sobre la resolución que la

Suprema Corte dictó  en relación con el caso de Lydia Cacho.
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 “Se cree que basta leer y coordinar las reglas escritas en los códigos procedimentales, para tener una idea fiel del funcionamiento práctico de la justicia.

Es una ilusión. Los códigos regulan tan sólo lo que se ve, o sea la mímica formal que en la representación judicial aparece a la luz del escenario. El código ignora toda la representación que se lleva a cabo detrás de los bastidores antes que comience el espectáculo; y sobre todo no puede regular los procedimientos psicológicos que se desenvuelven en el secreto de las conciencias.

Para entender cómo funciona realmente el proceso, tampoco basta acudir a los tribunales a leer las sentencias o estudiar las estadísticas judiciales. Los ritos esenciales de la justicia son los que se celebran, sin espectadores, en lo privado del juzgado, donde se deciden las suertes de las causas, o en los consejos judiciales, donde se deciden las suertes de los magistrados.

De esos misterios órficos, y no de las formalidades externas, depende el buen funcionamiento de la justicia.”

Piero Calamandrei, en

Elogio de los jueces escrito por un abogado. 1935.

 

El drama del juez es la cotidiana contemplación de las tristezas humanas que llenan todo su mundo, donde no tienen cabida las caras tranquilas y amables de los afortunados que viven en paz, sino sólo los rostros de los atormentados, descompuestos por la inquina del litigio o por el envilecimiento de la culpa.

Pero sobre todo, el drama del juez es la costumbre que, insidiosa como una enfermedad, lo gasta y lo desalienta hasta hacerle sentir, sin que se rebele, que el decidir acerca de la vida y el honor de los hombres, se ha convertido para él en una práctica de administración ordinaria.

Feliz el magistrado que, hasta el día que precede a su jubilación por edad, experimenta al juzgar el sentimiento casi religioso de consternación que le hizo estremecerse cincuenta años atrás, cuando, en su primer nombramiento de pretor, hubo de pronunciar su primera sentencia.”

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