UN RELATO DE JUSTICIA

agosto 11, 2009


—Demostraré ante este tribunal que no cabe duda razonable sobre la autoría de tan horrendos crímenes. Que el acusado aquí presente, en plena posesión de sus facultades mentales, con plena conciencia del bien y del mal excedió los límites de lo humanamente admisible, llevando el horror a extremos inconcebibles para cualquier sociedad que busque la Justicia con mayúsculas, como valor supremo para regular la convivencia pacífica de sus de sus miembros.

El defensor, cabizbajo, como pidiendo perdón por su osadía, farfulló algo en su intervención, sobre la presunción de inocencia y el derecho de todo hombre a un juicio justo y se sentó sin dirigir la mirada a su defendido.

Este, un hombre joven, saludable y elegantemente vestido para la ocasión, lo observaba todo con ojos fríos, imperturbable ante las imágenes de los cuerpos descuartizadas con saña brutal, las vísceras, los rostros deformados por un terror animal que la alta definición trasmitía como una sensación física a las personas que abarrotaban la sala.

La prueba definitiva fue la propia confesión del procesado.

—Sí —contestó sin perder la compostura ante la pregunta directa del fiscal que mirándole fijamente, recogiendo en su gesto todo el odio y el ansia de venganza que impregnaba la sala, se sentó con gesto seguro tras concluir su interrogatorio con el clásico—: no hay mas preguntas.

Nadie reparó después de aquello en el viejo abogado, que ocupó su puesto frente al tribunal esgrimiendo un DIN A4 electrónico donde resaltaba el logotipo de una conocida compañía de ingeniería genética, y solo cuando el lector del secretario del tribunal validó, con un suave pitido, la certificación digital, alzaron la cabeza prestando atención.

—Esto —dijo el defensor con un aplomo impensable unos segundos antes— es un análisis del genotipo de mi defendido. No aburriré a su señoría ni a los presentes con tecnicismos, pero las alteraciones en los alelos del cromosoma Y… —Un silenció expectante aplastó la sala, el juez miró con rabia al abogado defensor y el fiscal solo contuvo sus deseos de saltar sobre la yugular de su colega gracias a su larga experiencia en los tribunales y a que su ayudante le sujetó con fuerza por el codo—. Solicito que se admita como prueba de la imposibilidad de mi cliente de obrar de forma distinta a la que el defectuoso diseño de sus genes le imponía.

Algunos gritos ahogados surgieron de entre el público, el juez ojeó un par de veces el análisis genético, suspiró, agarró con desgana su anacrónico mazo y golpeo en el taco de madera.

—El tribunal ordena un receso de cinco minutos. ¿Quieren pasar un momento a mi despacho? —ordenó después a los dos letrados.

—¿Que demonios es esto, abogado? —ladró el juez nada más cerrar la puerta.

—Bien, señoría —respondió el defensor con cara de niño bueno—, como ya he explicado en mi intervención es la certificación del análisis genético de mi…

—¡Eso ya los sé! No soy estúpido.

—Si quiere comprobar su veracidad no me opondré —Dijo el abogado con el mismo gesto de inocencia. Seguro de tener todos los ases en la mano.

—Ni se opondrá ni puede oponerse —gruñó el juez echando un nuevo vistazo a la firma del certificado, la firma de una empresa que jamás había fallado un dictamen— Sabe perfectamente que esta prueba garantiza la inmunidad de su defendido y si hay algo que no me gusta es que me hagan perder el tiempo. ¿Por qué ha esperado al último día?

—Señoría —simuló defenderse el defensor—, hasta esta mañana no han obrado en mi poder los resultados definitivos y sin tener la absoluta seguridad… —el magistrado dejó de prestarle atención y se volvió reprobador hacía el fiscal.

—¿Cómo dejaron escapar este pequeño detalle?

El fiscal bajo la cabeza, cabreado y culpable. Lo había sospechado, la duda le había carcomido durante todo el proceso y había estado a punto de ordenar aquel análisis solo que…

—Su señoría sabe perfectamente —se defendió— que la Ley de Derechos de la Persona da a este tipo de información la protección máxima y que no podemos obtenerla sin el consentimiento del interesado. Son ellos los que se encargan de arrojárnosla a la cara cuando son detenidos y pueden cambiar una cadena perpetua por un tranquilo retiro en una clínica de lujo. Además —continuó el fiscal cada vez más agresivo—, ningún dato en su historial médico…

El juez sacudió la cabeza resignado.

—Déjelo, Luís, déjelo, terminemos cuanto antes con esto.

El acusado que había asistido impávido a todo proceso juntó los labios en una fina línea, una particular sonrisa de satisfacción cuando vio los rostros de las tres personas que salieron del despacho.

El juez ocupó la presidencia y volvió a coger su mazo.

—Silencio en la sala —ordenó el secretario acallando los rumores que la recorrían.

—Oídas las alegaciones de la acusación y la defensa y vistas las irrefutables pruebas presentadas —recitó el juez con la vista fija en el asesino confeso—, este tribunal, teniendo en cuenta la ley 1865/12 de mayo de 2022, declara al acusado, inocente del cargo de asesinato en primer grado por el eximente de deficiencia genética y ordena que sea ingresado en un centro médico donde se le tratará con total garantía de sus derechos como ciudadano y el máximo respeto a su enfermedad. A esta sentencia no cabe recurso alguno.

El golpe de madera contra madera dio por terminado el juicio, y como si fuese la señal de inicio de una carrera, el fiscal se abalanzó sobre el abogado.

—¡Cabrón! —le gritó— Lo has sabido todo el tiempo, ¿Verdad?

El defensor alzó la cabeza con parsimonia, simulando sorpresa.

—Lo sabías, él lo sabía —insistió el fiscal.

—¡Vamos Luís! —sonrió cáustico el abogado— Hay que saber perder.

—¿Perder? ¡Maldito seas! Lo sabías y has permitido que esta pobre gente pase de nuevo por…

—No me vengas con moralinas —le cortó el defensor—, me limito a hacer mi trabajo lo mejor que sé.

—¿Tú trabajo? Ese tipo es un hijo de puta y tu los sabes –replicó el fiscal señalando al acusado al que dos alguaciles acompañaban a una puerta lateral.

—Es tipo —recalcó el abogado— es un ciudadano que merece todas las garantías legales, entre ellas el derecho de defensa ¿O eres de los que piensan que lo mejor es eliminar a los locos y a los enfermos por ser molestos o peligrosos?

—¿Enfermos? Ese tío es… es…

—Un enfermo según la ley y según la ciencia —zanjó la discusión el abogado cerrando su maletín, dispuesto a marcharse.

—¿Por qué? ¿Solo dime por qué? ¿Para qué toda esta exhibición? —rogó más que exigir el fiscal.

—¿De verdad quieres saberlo? —el abogado dudó, se detuvo en mitad del pasillo y señaló la puerta por donde había desaparecido el asesino— Él insistió en hacerlo así —explicó al fin con una indescifrable expresión en la cara— ¡Quien sabe los extraños mecanismos que rigen la mente de estos pobres perturbados!

El fiscal apretó las mandíbulas, cerró el puño y golpeó con fuerza en la mesa.

—El…, el…, el muy hijo de puta ha estado jugando con nosotros y tú se lo has permitido —gritó.

El defensor no contestó. Nada en su porte indicaba que el asunto le afectara en absoluto, nada salvo una mano parada un segundo de más sobre el pomo de la puerta que tantas veces había cruzado con decisión y el portazo que siguió a su salida.

El fiscal se quedó mirando la sala vacía con el último extraño gesto de su colega grabado en la memoria.

—¡Mierda de justicia! —masculló, tumbando una silla de una patada.

Su ayudante le observó en silencio y recogió la mesa. Sólo estaban a lunes y aquella semana iba a ser de nuevo otra mala semana.

Fuente: http://www.ciencia-ficcion.com/relatos/r103.htm

por Jacinto Muñoz

One Response to “UN RELATO DE JUSTICIA”


  1. Hola:
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