UNA HISTORIA DE LOS JUICIOS

agosto 11, 2009


——————————————————————————– En 1587 los gorgojos estaban sobre la marcha en el pueblo francés de St. Julien. Los viñedos estaban amenazados, y los vecinos tomaron una extraordinaria y moderna decisión: acudieron a los tribunales. Pierre Rembaud, la mitad del equipo jurídico de dos asignado para representar a los gorgojos, alegaron que Dios había hecho la Tierra tanto para los insectos como para los humanos. Antes que acusar a los inocentes insectos, dijo al tribunal, los aldeanos debían haber respetado el ayuno y vestir los hábitos de penitencia, ya que se habían ganado claramente la ira de Dios. El argumento de Rembaud fue convincente, y el tribunal asignó a los gorgojos su propio terreno, con un contrato de arrendamiento anual. En la anecdótica y deambulante historia de Sadakat Kadri de los juicios desde tiempos antiguos hasta hoy, aparecen todo tipo de acusados. Los jueces han dictado sentencia contra carretas y fardos de heno y, en nombre de la justicia, se citaba a los muertos a la corte, literalmente. En Nuremberg en el siglo 15 un acusado que murió esperando su juicio fue llevado con grilletes al tribunal y proveído de un abogado, que defendería su caso. Si lo perdía, el cuerpo sería sentenciado y ejecutado. Reíros si podéis, pero la idea misma de que los alegatos en un proceso formal es la manera correcta de resolver conflictos representa un progreso. Kadri, un abogado que practica justicia criminal en Gran Bretaña, ofrece una dramática visión de los juicios como profundamente truncados, a menudo un bizarro ritual que ha mostrado extraordinarios poderes de adaptación y resistencia. Empieza con los griegos, que veían el juicio como un medio de remplazar la justicia colectiva por la venganza privada, y se hace camino bamboleándose a través del desarrollo de los juicios de jurados hasta la edad moderna y los juicios de Jeffrey Dahmer, Bernhard Goetz y Slobodan Milosevic. Kadri propone mucho más de lo que aporte. Lo que empieza como una ambiciosa historia intelectual se convierte rápidamente en una lista de éxitos musicales de juicios famosos, con de vez en vez algo de análisis. El juicio de Emmett Till, contado en algún detalle, ofrece la argumentación más bien obvia de que a veces los jurados dictan malas sentencias. El juicio por obscenidad de Oz, que implicó a los editores de una cruda revista contracultural de Londres, proporciona a Kadri un divertido diálogo en la sala, pero nada que se parezca a un alegato mayor sobre la ley o los juicios de jurados. El Juicio del Mono aparece fundamentalmente porque el autor lo encuentra interesante como teatro. Este enfoque de tienda grande tiene sus recompensas. William Howe, un abogado de Nueva York que representó a 600 asesinos acusados a fines del siglo 19, arroja pocas luces sobre el tema, pero causa una extraordinaria impresión. Howe, que lloraba con tanta facilidad que se sospechaba que usaba un pañuelo impregnado de cebolla, hizo una vez un alegato, arrodillado. En lo que puede haber sido su momento de gloria, convenció al jurado de que su defendido, que confesó haber matado a un hombre con un martillo, haberlo desmembrado y metido partes del cuerpo en cajas, había actuado movido por la compasión. No quería que sus hijos quedaran traumatizados por la visión de un cadáver. Kadri gasta demasiado tiempo describiendo y muy poco analizando los juicios mediáticos estalinistas y los de Nuremberg. Estas historias han sido contadas una y otra vez en otros lugares. Causa sorpresa, y alivio, que Kadri retroceda de los juicios de Moscú y ofrece una interpretación. El espectáculo de remordimiento, confesión y auto-inculpación, por retorcida que haya sido la Unión Soviética, ha jugado siempre un importante papel en los juicios. En Atenas, los acusados debían proponer sus propias sentencias, y en la antigua Roma debían presentarse al tribunal sin afeitarse y vestidos de duelo. El juicio como un teatro de contrición, escribe Kadri, “ha operado siempre para restablecer el balance en comunidades después de que alguien ha violado las reglas, y, permitiendo a los acusados volver al redil o expulsándolos, ha exigido que acepten esas reglas manifiestamente por medio de la humildad o el remordimiento”. Los juicios de Nuremberg ofrecieron un tipo muy diferente de teatro. La audiencia no estaba compuesta por alemanes, que prestaron poca atención al drama en el tribunal, sino más bien, dice Kadri, las sociedades que estaban juzgando, “celebrando su propia medida de justicia”. Todo el punto de la guerra, implicaron los juicios, era restablecer un orden social en el que víctimas y vencedores tienen derechos. Kadri, en su conclusión, presenta un rara estadística. El número de casos criminales efectivamente resueltos por un juicio planea “justo por encima de la irrelevancia estadística”. En 1839 un 75 por ciento de los cargos por delitos mayores en Nueva York terminaron con un juicio. Hoy, esa cifra es de un 5 por ciento, casi lo mismo que en Gran Bretaña, donde en los años de 1830 un 95 por ciento de los cargos por delitos mayores terminaron en juicios. En otras palabras, el majestuoso espectáculo del juicio se está haciendo mas raro, incluso cuando crece su prestigio, y un inflado ejército de abogados, rodeados de camarógrafos de Court TV, está lista para servirla. Si Sócrates estuviera vivo, seguro que pediría un acuerdo de admisión de culpabilidad. En lugar de cicuta, habría salido en libertad condicional y cien horas de trabajo comunitario.

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