EL ABOGADO Y EL DESDOBLAMIENTO PSIQUICO

agosto 13, 2009


Por Ángel Ossorio y Gallardo.

Referencia bibliográfica: Ossorio y Gallardo, Ángel: El alma de la toga

Da este nombre el profesor Ángel Majorana al fenómeno por virtud del cual «el abogado se compenetra con el cliente de tal manera, que pierde toda postura personal», pues «como el actor en escena, olvida la propia personalidad, y a la realidad negativa de semejante olvido une la positiva de ensimismarse en el papel desempeñado por él». De aquí saca la consecuencia, que él mismo reputa paradójica, de que «la virtud que el Abogado necesita no es un verdadero y propio valer».

Importa mucho detenerse a considerar si esa afirmación, harto generalizada, responde a un exacto concepto ético de nuestra profesión. De creerlo a negarlo hay un mundo de consecuencias contradictorias.

Suelen optar por la afirmativa quienes más se precian de enaltecer la Abogacía, porque en esa función, mejor dicho, en esa sumisión de la personalidad propia a la del cliente, ven una muestra de alta y difícil abnegación. No puede desconocerse que toda renunciación del propio ser en servicio u homenaje ajeno envuelve un admirable desprendimiento y un dificilísimo…desdoblamiento psíquico, como dice el autor aludido.

A mí no me parece tan sencillo pronunciarse en ese sentido. Quizás me lo dificulte -lo digo en confesión-el tinte de orgullo, de rebeldía ingénita que siempre me ha parecido característica sustancial de la dignidad humana y motor del progreso social.

Entendámonos. Yo encuentro plausible y santo renunciar a los intereses, al bienestar, al goce, para entregarse al bien de otro; matar el sensualismo en servicio del deber o del ideal. Eso es sustancial en la Abogacía. Defender sin cobrar, defender a quien nos ofendió, defender a costa de perder amigos y protectores, defender afrontando la injuria y la impopularidad… no sólo es loable, sino tan estrictamente debido a nuestros patrocinados, que casi no constituye mérito, ya que en esa disposición del ánimo está la esencia misma de la Abogacía, que sin tales prendas perdería su razón de existir.

Pero el hombre tiene partes más nobles que esas de pura conveniencia. El criterio, el sentimiento, las convicciones… Y eso no puede supeditarse a las necesidades de la defensa ni a la utilidad de cada interesado. Los patrimonios del alma no se alquilan ni se venden.

El abogado no es un Proteo, cuyas cualidades varían cada día según el asunto en que ha de intervenir. Es un hombre que ha de seguir su trayectoria a través del tiempo y que ha de poseer y mantener una ideología, una tendencia, un sistema, como todos los demás hombres; no tantas fórmulas de pensamiento y de afección como clientes le dispensen confianza. Si lo lícito fuese esto y no aquello, sería difícil concebir una abyección más absoluta ni más repugnante. Ser a un mismo tiempo individualista y socialista, partidario y detractor del matrimonio, intérprete de un mismo texto en sentidos contradictorios, ateo y creyente, es una vileza que conjuntamente corrompe todas las potencias del alma. Quien doctrinalmente sea partidario de la abolición de la pena de muerte, ¿con qué atisbo de decoro pedirá en casos concretos su aplicación?.

No pretendo llevar mi afirmación hasta el punto de creer que nunca puede correctamente invocarse preceptos legales con los que no se esté conforme. No. Sería imposible que un Letrado prestase su asentimiento teórico a todas las leyes que ha de citar. Ni siquiera necesita tener concepto propio respecto de ellas. Además, el imperio de la Ley es un acosa bastante respetable y sustantiva para que no se denigren con reclamar su cumplimiento aquellos que la apetecerían distinta. Lo que quiero decir es que la actuación jurídica en los Tribunales debe contar siempre con estos dos carriles:

Que nos e pida, ni aun consintiéndolo las leyes, aquellas cosas que sean contrarias a nuestros convencimientos fundamentales o a las inclinaciones de nuestra conciencia.

Que tampoco se sostengan en un pleito interpretaciones legales distintas de las que se hayan defendido en otro.

Cabe compendiar la doctrina en la siguiente perogrullada: el pleito vive un día y el Abogado vive toda su vida. Y como debemos ajustar la vida a normas precisas que se tejen en las intimidades de nuestro ser, ha de reputarse como despreciable ruindad olvidar esas cardinales del pensamiento para girar cada vez según el viento que sople.

El concepto, pues, del desdoblamiento psíquico no ha de interpretarse en el sentido que lo hace Majorana, diciendo el Abogado «yo no soy yo, sino mi cliente», sino en el de la duplicidad de personalidades. «Hasta tal punto soy mi cliente, practicando un noble renunciamiento, y desde tal punto soy yo mismo, usando facultades irrenunciables.

Cuando se ve más al vivo la razón de lo que sostengo es cuando se piensa en los Abogados escritores. ¿Cabe ridículo mayor que el de un defensor a quien se rebate con sus propios textos? Nunca olvidaré la vista de un recurso de casación -sobre materia de servidumbres era-en que amparaba al recurrente un jurisconsulto ilustre, autor de una obra muy popularizada de Derecho Civil. El recurrido, en un informe brevísimo , combatió el recurso íntegro limitándose a leer las páginas correspondientes de aquel libro donde casualmente resultaban contradichas, una por una, las aseveraciones contenidas en los varios motivos. El azoramiento del tratadista fue tal, que pidió la palabra para rectificar y dijo esta tontería lapidaria.

La sala se hará cargo de que cuando yo escribí mi obra estaba muy lejos de pensar en que hubiera de defender este pleito.

Para no errar antes de aceptar una defensa debemos imaginar que precisamente sobre aquel tema hemos escrito un libro. Así nos excusaremos de contradecir nuestras obras, nuestros dichos o nuestras convicciones y no pasaremos el sonrojo de sustituir la toga por el bufonesco traje de Arlequín.

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