AJEDREZ Y EDUCACION EN VALORES

diciembre 23, 2009


“En ajedrez, la mentira y la hipocresía no sobreviven mucho tiempo”
Emanuel Lasker, Campeón Mundial
desde 1894 hasta 1921

Bessel Kok, un exitoso y muy capaz hombre de negocios alemán, preguntado acerca de las razones por las que había decidido apoyar actividades ajedrecísticas para jóvenes e invertir dinero en torneos y eventos ajedrecísticos, contestó de forma muy gráfica que era porque los padres dormían bien sabiendo que sus hijos hacían cosas que les ayudaban a desarrollar su carácter y las habilidades para el conocimiento.

La práctica del juego del ajedrez beneficia a los jóvenes y, ampliando esta idea, puede funcionar como un excelente educador en valores

Sin hacer gala de un lenguaje excesivamente técnico, Bessel Kok expresó muy bien algo que muchos educadores, aunque no sepan nada de ajedrez, ya intuyen: la práctica del juego del ajedrez beneficia a los jóvenes, y ampliando esta idea, puede funcionar como un excelente educador en valores. ¿Por qué? Voy a intentar explicarlo desde mi punto de vista:

– El ajedrez posee una faceta estrictamente deportiva: es practicado por millones de personas espaciadas por los cinco continentes; implica claramente un factor competitivo y está organizado como deporte, con federaciones, reglamento perfectamente delimitado, árbitros, resultados, rankings, entrenadores, etc. La suerte, al contrario que en muchos juegos, apenas influye en el resultado.

– Posee, por tanto, los valores del deporte, pero en su estado más puro: no está contaminado por muchos aspectos negativos que han aparecido en los últimos años y que están muy influidos por el fútbol: conseguir resultados a cualquier precio, el enriquecimiento rápido como ideal a conseguir, cierta exaltación de la violencia y un seguimiento incondicional e irracional del equipo del cual se es seguidor.

– Es deporte, pero también constituye una práctica extraordinariamente compleja –se le ha definido a la vez como deporte, juego, ciencia y arte-. En ella intervienen gran parte de las capacidades y potencialidades de los seres humanos: aspectos emocionales, puramente intelectuales, volitivos o experienciales se hallan enormemente implicados.

– Es un juego, y como tal y especialmente en edades tempranas, consigue superar las barreras de prejuicios que se plantean a veces ante el intento de enseñar valores de forma directa.

Cuando los jóvenes practican el ajedrez están a la vez aprendiendo valores y experimentando qué son. Si tuviera que destacar cinco valores que potencia especialmente este juego, escogería los siguientes: Respeto (hacia las normas, hacia los demás y hacia uno mismo); autocrítica (aprender de los errores); autocontrol (en situaciones adversas o difíciles); autoestima (elegancia para asumir victorias y derrotas) y automotivación (deseos de superación personal).

Me apoyaré en las palabras de algunos de los mejores ajedrecistas de la historia para argumentar mejor por qué he elegido estos valores. Automotivación: «Las derrotas me hacen reaccionar con fuerza; en vez de quitarme los ánimos, excitan mi furia deportiva», Karpov. Autoestima: «Quien asume riesgos puede perder, como ha sido mi caso a veces. Pero debo hacerlo, porque quien nunca asume riesgos, en ajedrez como en la vida, pierde siempre», Tarrasch. Autocrítica: «Sólo un jugador fuerte sabe cuán débil es su juego», Tartakower. Autocontrol: «Empecé a mejorar en los momentos cruciales de una partida cuando descubrí que mi rival, como mínimo, estaba tan nervioso como yo», Mikhail Tal.

He dejado para el final el respeto en sentido amplio: hacia las reglas, hacia los demás y sobre todo, hacia uno mismo. Quizá en una época en la que lo más venerado sea el dinero y los principios valen hasta el momento en que ya no interesan, valga recordar una anécdota de un ajedrecista y ser humano excepcional que falleció hace poco más de un año, el norteamericano que fue campeón mundial en el año 1972, Robert James (Bobby) Fischer.

Tras convertirse en uno de los personajes más famosos de los Estados Unidos después de una victoria épica por el título mundial ante el soviético Spassky, una multinacional de los cosméticos le ofreció una cantidad astronómica por anunciar un champú. Para sorpresa de los ejecutivos de la compañía, Fischer pidió un bote del producto y algún tiempo para contestar. Dos semanas después, en la sede de la empresa se recibió un paquete con un bote de champú medio vacío y una carta. Era de Fischer. Agradecía muy educadamente la oferta, pero añadía a continuación que él era Campeón del Mundo, que había probado el champú, y que en conciencia no podía prestarse a anunciar semejante porquería.

Este era Fischer, alguien que no necesitaba que se le enseñaran ciertos valores.

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