San Ivo
Patrono de los abogados
(año 1303)


Los vecinos de San Ivo compusieron un epitafio bien especial que dice:
San Ivo era bretón.
Era abogado y no era ladrón.
Santo Dios: ¡que admiración!.

San Ivo, el abogado santo al cual los juristas de muchos países tiene como Patrono, nació en la provincia de Bretaña en Francia. Su padre lo envió a estudiar a la Universidad de París, y allí dirigido por famosos profesores de derecho, obtuvo su doctorado como abogado.
En sus tiempos de estudiante oyó leer aquella célebre frase de Jesús: “Ciertos malos espíritus no se alejan sino con la oración y la mortificación” (Mc. 9,29), y se propuso desde entonces dedicar buen tiempo cada día a la oración y mortificarse lo más que le fuera posible en las miradas, en las comidas, en el lujo en el vestir, y en descansos que no fueran muy necesarios. Empezó a abstenerse de comer carne y nunca tomaba bebidas alcohólicas. Vestía pobremente y lo que ahorraba con todo esto, lo dedicaba a ayudar a los pobres. Y Dios lo premió concediéndole una gran santidad y una generosidad inmensa en favor de los necesitados.
Al volver a su tierra natal (Bretaña) fue nombrado juez del tribunal y en el ejercicio de su cargo se dedicó a proteger a los huérfanos, a defender a los más pobres y a administrar la justicia con tal imparcialidad y bondad, que aun aquellos a quienes tenía que decretar castigos, lo seguían amando y estimando.
Su gran bondad le ganó el título de “Abogado de los pobres”. No contento con ayudar a los que vivían en su región, se trasladaba a otras provincias a defender a los que no tenían con qué pagar un abogado, y a menudo pagaba los gastos que los pobres tenían que hacer para poder defender sus derechos.
Visitaba las cárceles y llevaba regalos a los presos y les hacía gratuitamente memoriales de defensa a los que no podían conseguirse un abogado.
En aquel tiempo los que querían ganar un pleito les llevaban costosos regalos a los jueces. San Ivo no aceptó jamás ni el más pequeño regalo de ninguno de sus clientes, porque no quería dejarse comprar ni inclinarse con parcialidad hacia ninguno.
Cuando le llevaban un pleito, él se esmeraba por tratar de obtener que los dos litigantes arreglaran todo amigablemente en privado, sin tener que hacerlo por medio de demandas públicas. Así obtuvo que muchos litigantes terminaran siendo amigos y se evitaran los grandes gastos que les podían ocasionar los pleitos judiciales.
Después de trabajar bastante tiempo como juez, San Ivo fue ordenado sacerdote, y desde entonces, los últimos quince años de su vida los dedicó totalmente a la predicación y a la administración de los sacramentos. Consiguió dinero de donaciones y construyó un hospital para enfermos pobres. Todo lo que llegaba lo repartía entre los más necesitados. Solamente se quedaba con la ropa para cambiarse. Lo demás lo regalaba. Una noche se dio cuenta de que un pobre estaba durmiendo en el andén de la casa cural, entonces se levantó y le dio su propia cama y él durmió en el puro suelo.
De muchas partes llegaban personas litigantes a obtener que San Ivo hiciera las paces entre ellos y él lograba con admirable facilidad poner de acuerdo a los que antes estaban alegando. Y aprovechaba de todas estas ocasiones para predicar a la gente acerca de la Vida Eterna que nos espera y de lo mucho que debemos amar a Dios y al prójimo.
Alguien le aconsejó que no regalara todo lo que recibía. Que hiciera ahorros para cuando llegara a ser viejo y él le respondió: – Y ¿quién me asegura que voy a llegar a ser viejo? En cambio lo que sí es totalmente seguro es que el buen Dios me devolverá cien veces más lo que yo regale a los pobres”. Y siguió repartiendo con gran generosidad.
A principios de mayo del año 1303 empezó a sentirse muy débil. Pero no por eso dejó de dedicar largos ratos a la oración y a la meditación y a ayudar a pacificar a cuantos estuvieran peleados o en discusiones y pleitos.
E
l 19 de mayo del año 1303 estaba tan débil que no podía mantenerse de pie y necesitaba que lo sostuvieran. Sin embargo celebró así la Santa Misa. Después de la Misa se recostó y pidió que le administraran la Unción de los enfermos y murió plácidamente, como quien duerme en la tierra para despertar en el cielo. Tenía 50 años.

FUENTE: http://www.ewtn.com/spanish/saints/Ivo_5_19.htm


NOBUSHIGE HOZUMI


Padre del Código Civil japonés y el artífice de la pacífica integración del derecho de occidente con las tradicionales instituciones niponas. Sus primeros pasos. Corría el año 1.855, recién finalizada la era de Bunkai-Bunsei, cuando en Uwa-shima, un poblado situado al norte de Japón y encuadrado administrativamente en la prefectura (ken) de Ehime, la familia de un samurai de clase media celebraba el alumbramiento de su primogénito. Mientras el país se debatía entre la apertura de sus fronteras a las ideas del resto del mundo o la permanencia en su tradicional autosuficiencia socio-cultural, el joven Nobuo cursaba sus estudios primarios de aritmética, caligrafía, hípica, natación y judo en Meirinkan. Cuando en 1.867 se produjo la traslación del poder político de Tokugawa Shogunate al Emperador Meiji, seguramente Hozumi no pudo ni imaginarse que el trasfondo ideológico de esa crisis (el debate sobre la apertura de Japón al mundo) sería el mismo que movería años más tarde su ánimo por el eclecticismo jurídico en su país.

Su formación jurídica y humana. En 1.871 Nobushige se trasladó a la rebautizada capital Edo, Tokio, para cursar sus estudios de Derecho en la Daikaku Minami kou, predecesora de la actual Universidad de Tokio. Allí pudo aprehender las raíces de las instituciones que regulaban la vida política y jurídica de su país, algo que resultaría esencial para su posterior labor de importación del derecho de occidente y su respetuosa integración con la cultura japonesa.

Reflejo del incipiente deseo de la cultura nipona por permitir la entrada en sus ventanas de chorros de luz del Sol de occidente, el programa de formación que el Gobierno diseñaba para sus alumnos más aventajados marcó un antes y un después en la vida de Hozumi. El Ministerio de Educación concedía una beca a sus más brillantes alumnos para ampliar su formación en países europeos. De este modo, una vez materializada su vuelta, el Imperio Meiji podría conocer desde una mentalidad oriental las ideas que propugnaban las principales escuelas jurídicas del lejano occidente.

En 1.876 Nobushige Hozumi emprendió su aventura europea. Tras una breve estancia en Londres, un despierto Hozumi no tardó en comprender que el modelo del Common Law no parecía el más idóneo para ser transplantado a su país. Por ello, al año siguiente de su llegada a Europa se desplazó a Berlín, donde permaneció hasta su regreso a Japón. Allí, de la mano de grandes romanistas, historiadores y iuspublicistas, Hozumi se empapó de las corrientes que dividían a los grandes de aquella época, sin descuidar su estudio de los códigos que, inspirados por el napoleónico, comenzaban a elaborarse en el resto de países europeos.

De regreso a casa, Hozumi instaló su cuartel de operaciones en la Universidad de Tokio, donde ganó una cátedra al año siguiente de su retorno y donde pronto fue elegido Decano (1.882).

La madurez de Hozumi. La carrera de la codificación se había iniciado sin solución de continuidad en Japón. Los convulsos episodios de la historia mundial hacían temer al país nipón que su ancestral aislamiento les acarrease consecuencias irreparables. Por ello, desde el Imperio se impulsó abiertamente la adaptación de los más evolucionados sistemas jurídicos a las instituciones locales, lo que en realidad escondía la cimentación de una defensa pacífica de sus fronteras.

Tras convertirse en el primer doctor en derecho japonés en 1.887, el punto culminante de la vida jurídica de Hozumi llegó con la aprobación del primer Código Civil japonés en 1.898. Cinco años antes, el Emperador había encargado a Tomii, Ume y al propio Hozumi la constitución de una comisión encargada de este ambicioso proyecto. El edicto imperial creando este equipo de trabajo puso punto y final a las disputas que las diferentes Escuelas japonesas habían venido protagonizando por encarnar el espíritu del anhelado código y supuso el fin del proyecto de Boissonade, que vio cómo el Emperador le retiraba la confianza que le había brindado años atrás.

Aunque la estructura y el contenido del Código civil japonés Meiji son fieles deudores de la Pandectística alemana (y en particular de los dos primeros borradores del código civil alemán, de 1.888 y 1.895, respectivamente), sus disposiciones son de naturaleza ecléctica, mostrando influencias del derecho francés y salpicados rastros del derecho inglés. Hozumi y sus colegas legisladores habían logrado su meritorio objetivo: adaptar el derecho japonés a los evolucionados sistemas jurídicos occidentales pero respetando el espíritu de las instituciones de la cultura local.

El ocaso de la vida de Hozumi. Tras asistir a la promulgación del código que hacía culminar de forma satisfactoria varias etapas de su vida, Hozumi compaginó su enseñanza universitaria con una intensa actividad social y cultural. Entre los diversos cargos que desempeñó son de destacar su labor al frente de la Academia Imperial de nobles, institución preocupada por la esmerada educación del estamento nobiliario y, especialmente, su pertenencia al Consejo privado del Emperador, desde donde Hozumi pudo participar en las principales decisiones de su país y, por ende, departir en persona con el Emperador, algo al alcance de muy pocos mortales.

 

Theodor Mommsen

En 1848 fue promovido a la cátedra de Derecho comparado de la universidad de Leipzig, pero se vio obligado a dimitir el cargo a causa de sus ideas democráticas. A continuación fue profesor en Zurich (1852), en Breslau (1854), y en 1858 obtuvo la cátedra de historia antigua en la universidad de Berlín. Diputado (de 1863 a 1866) en la Landtag de Prusia, se opuso a la política de Bismarck. En 1874 fue nombrado secretario de la Academia de Ciencias de Prusia, puesto que conservó hasta 1895.
En 1902 se le concedió el Premio Nobel de Literatura por el conjunto de sus trabajos, entre los cuales figura la Historia de Roma. cuyos tres primeros volúmenes aparecieron en 1854-56 y el quinto en 1885 (el cuarto volumen no ha sido publicado); es un libro universalmente conocido. Se le deben también dos volúmenes de Investigaciones romanas (1864-1879), doce volúmenes de Corpus inscriptionum latinarum (1863-1903), y siete volúmenes de Manual de antigüedades romanas (1871-1887), escrito en colaboración con Joachim Marquardt.

El volumen de Discursos y memorias (1905), aparecido a título póstumo, es notable sobre todo por la belleza de su estilo. Destacan además Inscriptiones regni neapolitani (1852), El derecho público romano (1871-88), y El derecho penal romano (1899).

 

MAURICE HAURIOU


Jurista francés; n. el 17 ag. 1856 en Ladiville. Pronto sintió fuerte atracción por los estudios de jurisprudencia. A H. le adeuda la ciencia jurídica el original hallazgo de la doctrina de la institución (v.).
Para H., «una institución es una idea de obra o de empresa que se realiza y dura jurídicamente en un medio social; para la realización de esta idea, se organiza un poder que le da una serie de órganos; por otra parte, entre los miembros del grupo social interesado en la realización de tal idea, se producen manifestaciones de comunión, dirigidas por los órganos del poder y reglamentadas por procedimientos». La doctrina de la institución constituye, en cierto modo, el resultado final de una fecunda vida dedicada por entero al estudio de una amplia serie de problemas jurídicos y sociales. Las instituciones representan en el derecho, como en la historia, la categoría de la duración, de la continuidad y de lo real; la operación de su fundación constituye el fundamento jurídico de la sociedad y del Estado.

La obra de H., tanto en su vertiente jurídica como en la sociológica, ha sido profundamente estimada por intelectuales tan destacados como Renard, Delos y Gurvitch. Algunos de los libros de H. (p. ej., Notes de jurisprudence, Príncipes de droit public, Príncipes de droit constitutionnel y, sobre todo, La teoría de la institución y de la fundación), produjeron, en el momento de su publicación, un fuerte impacto. Durante algún tiempo, las páginas de sus Príncipes de droit constitutionnel representaron el best-seller de la intelectualidad francesa, de la que H. fue miembro destacado. En 1888 pasó a formar parte del claustro de profesores de la Facultad de Derecho de Toulousé y solamente la muerte, acaecida el 12 mar. 1929 en esta misma ciudad, le separaría de la docencia. El sueño dorado de H. fue ver insertado dentro de los regímenes jurídicos positivos el Derecho natural.

 

FUENTE: http://serabogado.com/ser/index.php?option=com_content&view=category&layout=blog&id=30&Itemid=30


BARTOLO DE SASSOFERRATO

Bártolo de Sassoferrato fue considerado el jurista más grande de todos los tiempos, al menos de la Europa medieval. Tal reconocimiento alcanzaron sus métodos y enseñanzas que tras su muerte se divulgó la máxima de que: “nemo bonus iurista nisi bartolista”.

Bártolo nació en la pequeña vecindad de Ventura, próxima a Sassoferrato, en la región central de Italia, a mitad de camino entre Roma y Florencia, en dirección a la costa adriática. Se discute si su nacimiento tuvo lugar en 1.313 ó 1.314. Sus biógrafos polemizan también sobre su verdadero linaje; algún autor sostiene incluso que se trató de un hijo ilegítimo. En cualquier caso, esa circunstancia  -común a otros genios, como Leonardo da Vinci- no habría tenido influencia en la adopción de su lugar de origen reemplazando a sus apellidos, muy habitual en la época.

La formación de Bártolo fue deudora de los dos maestros que guiaron sus primeros estudios. Su aprendizaje más elemental lo cursó con el Padre Pedro de Asís, del que el propio Bártolo destacaría la simetría entre su bondad y su vasta cultura. Con tan sólo catorce años, el muchacho de Sassoferrato se trasladó a Perugia para comenzar sus estudios de Derecho. Fue entonces cuando coincidió con la otra gran figura que marcaría su incursión en el mundo jurídico, Cino de Pistoya, capaz tanto de dominar ampliamente las doctrinas de las grandes escuelas jurídicas posteriores a la glosa acursiana como de dar rienda suelta a su rica fantasía poética y ser expresamente admirado por Dante y Petrarca.

Con apenas veinte años, tras retirarse de la enseñanza su maestro, Bártolo se desplaza a Bolonia para preparar su doctorado. En un año, de la mano de Jacobo Butrigario y Rainiero de Forli, concluye sus estudios y es proclamado doctor, con la tradicional imposición de la toga y el anillo, el 10 de noviembre de 1.334.

Tras concluir su formación académica, Bártolo inició un período de transición que acabaría desembocando en la práctica docente, donde la Historia le tenía reservado un hueco irremplazable. Entre 1.334 y 1.339 ejerció como asesor en Todi y Cagli. Con veintiséis años, el jurista joven pero ya veterano se asentó en Pisa y, desde ese momento, se centró por completo en su actividad académica. Sin embargo, tampoco en la Toscana italiana encontró Bártolo su asentamiento definitivo y, aunque se inició en sus aulas como profesor universitario, no tardó en volver a Perugia (1.343), desde donde desarrolló su extraordinaria producción jurídica.

La inmortalidad jurídica de Bártolo se encierra principalmente en sus innovaciones metodológicas en el comentario del Corpus Iuris Civilis y en sus no menos brillantes contribuciones al Derecho público y privado. Hasta que surgió la personalidad bartoliana, la Escuela de los Glosadores imponía sus criterios en el acercamiento al Derecho. La gran aportación de Bártolo consistió precisamente en superar el método de la glosa, excesivamente fiel a la letra de la ley, y divulgar un sistema metodológico de examen crítico de los textos legislativos de tal modo que como punto de destino se determinase la ratio legis. La búsqueda de soluciones jurídicas a problemas concretos y el establecimiento de pautas de interpretación y doctrinas jurídicas útiles resultaban sin duda más fecundos partiendo del espíritu del legislador y de la razón última de las normas. Este estudio teórico-práctico de las fuentes, conocido como el mos Italicus durante siglos, se personificó en la figura de Bártolo y, con posterioridad, en sus más sobresalientes discípulos, entre los que destacó Baldo de los Ubaldos.

Su dedicación a la vertiente práctica del Derecho se plasmó también en una numerosa serie de quaestiones y en una prolífica colección de commentaria del Corpus Iuris, en los que se conciliaba la interpretación de los textos clásicos con su aplicación a los casos que se planteaban en cada momento.

La celebridad bartoliana se extendió rápidamente más allá de las fronteras italianas. Estudiantes de diferentes puntos de Europa se daban cita en Perugia para asistir a las hasta entonces insólitas resoluciones que planteaba Bártolo a las más complejas cuestiones jurídicas; cientos de jóvenes se congregaban para hacer suyos los criterios de interpretación del Corpus Iuris que ofrecía Bártolo. Tal fue el entusiasmo con el que esos jóvenes juristas asistían a las clases de Bártolo que en nuestra lengua se mantiene viva una expresión deudora de los estudiantes que en aquella época se pertrechaban con los bártulos (bártolos, esto es, los textos escritos por Bártolo) para seguir sus explicaciones.

La muerte sorprendió a Bártolo el 13 de julio de 1.357 en pleno apogeo de su actividad intelectual cuando contaba poco más de cuarenta años. Los lujosos monumentos funerarios que se levantaron en su honor apenas pudieron aliviar el infortunio que supuso privar al mundo del Derecho del genio creador que, como nadie hasta entonces, había conseguido convertir el Corpus Iuris justinianeo en una fuente de saber práctico.

Si la inmensa personalidad de Bártolo se truncó en su pleno apogeo vital, su fama no corrió la misma suerte. El prestigio y la autoridad de sus enseñanzas dieron vida a un movimiento que encumbró a Bártolo hasta prácticamente la categoría de mito. En las Universidades de Bolonia, Nápoles, Turín, Módena, Macerata y Padua se crearon cátedras dedicadas en exclusiva a estudiar y comentar la obra de Bártolo, llegando a comparársele con figuras de la talla de Homero y Virgilio. Su obra se convirtió en un instrumento tan respetado en universidades y tribunales que incluso se le acabaron atribuyendo a él opiniones ajenas con la pretensión de dotarlas de su incontestable aceptación.

Tal fue la auctoritas que alcanzaron los razonamientos de Bártolo que numerosos Reinos los revistieron incluso de potestas elevándolos a la categoría de fuente del Derecho. Desde que los emperadores Teodosio II y Valentiniano III promulgaran la Ley de Citas (año 426) considerando como vinculantes las opiniones de Gayo, Paulo, Ulpiano, Modestino y el dirimente Papiniano, no se recordaba ningún reconocimiento similar hacia la obra de ningún jurista. Juan II (1.427) y los Reyes Católicos (1.499) en Castilla, y Alfonso V en Portugal (Ordenaçoes alfonsinas, 1.446) promulgaron pragmáticas en las que se establecía que debía prevalecer la opinión de Bártolo en caso de discrepancias entre la doctrina. Más elocuente si cabe fue el caso de la transposición de estas disposiciones a Brasil dos siglos y medio después de la muerte de Bártolo (Ordenaçoes filipinas, 1.603).

Llegada la Modernidad y, con ella, los aires del humanismo y la vuelta a lo clásico, la confrontación de los nuevos métodos de estudio del Corpus Iuris (mos Gallicus) con el bartolismo resultó inevitable. Sin embargo, esas nuevas corrientes no consiguieron eclipsar el gran salto que sólo un talento natural como Bártolo de Sassoferrato pudo dar entre la erudición que recogió de Justiniano y el saber práctico que de forma admirable supo extraer del espíritu de los textos.

Fuente: http://www.uria.com

DOMICIO ULPIANO


Reconocido en su labor, se dedicó a lograr la más completa y minuciosa recopilación del derecho vigente en su época. De sus escritos se ha dicho que tenían un estilo claro y sencillo, lo que le permitió convertirse en los siglos posteriores en el más popular de los juristas.

La época del nacimiento de Ulpiano es desconocida, aunque suele situarse en torno al año 170, en Fenicia. El periodo de su actividad literaria la desarrolló entre 211 y 222, particularmente durante el gobierno del emperador Caracalla (211-217).

Durante el reinado de Caracalla fue magister liberorum, puesto que mantuvo cuando Heliogábalo ascendió al trono de Roma. Pero se vio obligado a abandonar Roma cuando el emperador, ante quien había caído en desgracia, le condenó al exilio. Regresó en el 222 d.C. a Roma e inmediatamente pasó a ser miembro del consilium de Alejandro Severo, de quien había sido maestro durante su infancia. Su talento y condiciones personales llamaron la atención del emperador, quien le nombró perfecto de la anona y perfecto del pretorio, cargo este último reservado a los miembros del orden ecuestre. Este puesto tenía, junto al mando militar, las funciones de asesor jurídico del emperador y las labores de instancia suprema del sistema jurídico romano.

Murió en el 228 a manos de los pretorianos, con los que había tenido duros enfrentamientos, y quienes le degollaron en presencia del propio emperador. Uno de sus discípulos, Herenio Modestiano, se convirtió en el jurista más destacado de la siguiente generación.

Su producción, muy abundante, abarcó todas las ramas del Derecho romano. Se le consideró autor de 287 libros, lo que le convirtió en el jurista más prolífico de su época. Entre sus obras destacaron los Libri LXXXI ad edictum praetoris y Libri II ad edictum aedilium curulium, en los que comentaba los contenidos de los edictos de los pretores y de los ediles. En ellos siguió con bastante rigor el orden de los edictos. Especial fama alcanzó su De officio proconsulis, una especie de guía para los gobernadores de provincias, que fue muy seguida en su tiempo y posteriormente, como refleja la mención a este escrito que figuraba en una inscripción de Éfeso del siglo IV.

Realizó una obra incompleta que tenía el título de Libri LI ad Masurium Sabinum, y escribió numerosas monografías dedicadas a los officia elaborados por los magistrados imperiales. También fueron fundamentales los Libri VII regularum, los Libri II InstitutionumLibri VII Regulae. De toda esta producción solo se conservan algunos fragmentos de Las Institutiones y el Liber singularis. El resto de sus obras conocidas nos han llegado en los fragmento que quedaron reflejados en el Digesto.

Sus obras, poco originales aunque muy profundas, tuvieron un gran éxito entre los juristas contemporáneos y posteriores. En ellas citaba a muchos de los juristas precedentes y copió literalmente textos de leyes y senadocunsultos. Hizo grandes comentarios enciclopédicos de las obras de autores anteriores, y sobre todo del Edicto. Trataba de coleccionar y organizar todo el material existente de la época clásica. Su intención era conseguir hacer comprensible todo el ordenamiento jurídico en su conjunto. Toda su obra estaba revestida de un enorme sentido práctico. Ulpiano llamó la atención de sus colegas por el perfecto dominio de todas las materias que aparecían en sus escritos. Al centrarse en la labor compiladora sus escritos no aportaron nada a al evolución del derecho romano; en sus escritos se deshacía en continuos elogios hacia los juristas que le precedieron en su oficio.

Fue incluido, junto a Gayo, Paulo, Modestino y Papiniano, en la ley de citas de 426, que regulaba la recitatio de las obras de los juristas ante los tribunales (es decir, qué juristas podían ser invocados y los criterios para la decisión del juez ante opiniones diversas de éstos).

Su actividad expositiva del derecho le permitió obtener el mayor premio para un jurista romano: ser el más utilizado en la compilación de Justiniano (una tercera parte proviene de sus obras), convirtiéndolo en uno de los principales informantes del derecho romano.

JEAN-ETIENNE MARIE PORTALIS


Portalis nació el 1 de abril de 1.746 en Beausset, ciudad vecina de Toulon, en el sur de Francia, abrazado por una familia acomodada. Su padre, profesor de Derecho canónico en la Universidad de Aix, le transmitió desde su infancia su pasión por el Derecho. Cursó sus estudios de forma brillante primero en Toulon, luego en Marsella y, finalmente, la Licenciatura en Aix.
Portalis se presentaba como un hombre alto, de fisonomía fina y seria, alumbrada por media sonrisa. En el fondo de su carácter se albergaba una sencillez llena de gracia, mezclada con impetuosas ocurrencias, familiares del clima en el que había crecido, y cuya alegría daba un interés picante a su conversación, naturalmente grave y sustancial. Cuentan que su elocución, salpicada con ingeniosas anécdotas, gozaba de gran encanto.

Abogado hasta el estallido revolucionario. A los 19 años Portalis ya era abogado. Se dio a conocer por la “revolución” que provocó en la oratoria de la época, aplicando consideraciones filosóficas a causas que no parecían a priori susceptibles de tales desarrollos. Pronto los abogados más afamados de su tiempo procuraron su amistad. Contrajo matrimonio con la hija de uno de esos conocidos letrados. De esa unión nacieron dos hijos: el benjamín fue con el tiempo cónsul general de Francia en Caracas y el mayor fue el primer presidente del Tribunal Supremo francés.

Uno de los pleitos conducidos por Portalis que más trascendencia pública obtuvo fue el que dirigió contra el conde de Mirabeau en representación de su esposa. Portalis obtuvo un pronunciamiento favorable; no obstante, la derrota de Mirabeau le granjeó su enemistad.

Entretanto, la crisis social y política en Francia continuaba en plena ebullición. El pueblo exigía con decisión la convocatoria de los Estados Generales. La nobleza y el clero, nerviosos ante los métodos de votación que se avecinaban en esa asamblea, parecían comenzar a cuestionar la unidad de sus filas. El Juramento del Juego de la Pelota y la creación de la Asamblea Nacional Constituyente presionaron hasta el extremo a Luis XVI y precipitaron el estallido que se venía gestando.

La década que cambió el mundo. El período revolucionario fue bastante agitado también para Portalis. Su enfrentamiento con Mirabeau le cerró las puertas de un cargo representativo en los Estados Generales. Aprobada la Constitución de 1.791 y creada la Asamblea Legislativa, cuando la facción jacobina asumió los poderes de la Convención Nacional, Portalis se pronunció en contra de la radicalización de sus métodos de gobierno. Hostigado por el Terror, Portalis hubo de refugiarse en Lyon y más tarde en París, aunque finalmente no pudo evitar ser encarcelado en 1.794. Sólo la caída de Robespierre el 27 de julio de ese año le libró de la guillotina.

Instaurado el Directorio y recuperada su libertad, Portalis pronto comenzó a ser reconocido por su talento. Se pronunció públicamente en favor de los emigrantes y el clero, ambos sectores tan atacados por los insurgentes. Manifestó también su humanidad en el asunto de Calais, en el que trató de proteger a emigrantes franceses del rigor de las leyes revolucionarias. Fue nombrado diputado de los departamentos franceses de Seine y del Var en 1.795 y, poco a poco, se fue convirtiendo en uno de los principales activos de la oposición contrarrevolucionaria. Su espíritu tolerante y los atropellos cometidos en nombre de la Revolución provocaron que Portalis no comulgase con los métodos que estaban cambiando el país.

Su posicionamiento próximo a los intereses monárquicos provocó que el Directorio lo incluyese en sus listas de deportación a la Guayana francesa. Fue entonces cuando hubo de refugiarse en Zurich y Friburgo. Cuando se ocultaba en la ciudad alemana, el general Mathieu Dumas le invitó a refugiarse en Holstein, en el castillo de Emenkendorf, propiedad del conde Fréderic de Raventlau. Los dos años que permaneció en la fortaleza los empleó para escribir su famosa obra “De l’usage et de l’abus de l’espirit philosophique durant le dix-huitième siécle”.

El hombre de confianza de Napoleón. Tras el golpe de Estado del 18 y 19 de brumario y el derrocamiento del Directorio, la Constitución de 24 de diciembre de 1.799 colocó en el Consulado a un jefe militar de los ejércitos revolucionarios. Napoleón, hábil no sólo en la lucha armada, quiso rodearse de los mejores hombres de la nación e hizo llamar a Portalis. De vuelta en Francia el 13 de febrero de 1.800, Portalis pasó a integrarse en el Conseil des Prises. El año siguiente Bonaparte le nombró miembro del Consejo de Estado.

Su formación y vocación hacían de Portalis un personaje especialmente válido tanto para el Derecho como para la Religión. Consciente de ello, Napoléon le encargó dos grandes empresas donde pudiese desarrollar toda su valía: el Concordato y el Código Civil.

El Concordato. Una vez consagrado Primer Cónsul de Francia, Napoléon hubo de afrontar numerosos problemas derivados de la vorágine revolucionaria. Uno de ellos era el de las maltrechas relaciones con la Iglesia.

Moderado, tolerante y firme en su fe, Portalis fue el elegido para reanudar las relaciones de Francia con la Santa Sede y, de ese modo, reconciliar “la Revolución con el Cielo”. Con ese fin preparó en 1.801 un Concordato, que sería firmado ese mismo año con el Papa Pío VII. En ese acuerdo se reconocieron algunas conquistas revolucionarias, como la libertad de cultos, la nacionalización de los bienes eclesiásticos y la disminución del número de diócesis. Asimismo, Francia se comprometió a sostener el culto católico y fijar sueldos a sus sacerdotes. Con la finalidad de mantener un intenso y real seguimiento de las relaciones con la Iglesia, Bonaparte creó también el Ministerio de Cultos, al frente del que colocó a Portalis.

Su gran legado: el Código Civil. Tras firmar la paz con Austria en Luneville (1.801) y la de Amiens con Inglaterra (1.802), Napoleón hubo de emprender la complicada tarea de pacificar un país enfrentado y dolido. Su mejor arma para este proyecto fue dotar a la nación de un sistema normativo del que entonces carecía. Desde la fuerza de la razón, la unidad nacional sería más fácil.

Compatibilizar la abolición de los privilegios de la nobleza, la incipiente igualdad de clases y, entre otras cuestiones, la protección de la propiedad individual burguesa, no parecía una tarea sencilla. Francia era además un mosaico jurídico; ese fraccionamiento normativo lo expresó gráficamente Voltaire cuando afirmó que “quien viajara por territorio francés cambiaría más veces de régimen legal que de caballos en cada posta”.

Conocedor de las buenas experiencias codificadoras que acababan de atravesar Baviera y Prusia, Napoléon constituyó una comisión formada por François Denise Tronchet, Felix Julien Jean Bigot de Preameneau, Jacques de Maleville y Portalis. Se cuidó el Cónsul de que los juristas elegidos fuesen de corte moderado y no hubiesen participado en los ideales revolucionarios.

El resultado de los trabajos es conocido por todos. Se armonizaron con maestría los ideales revolucionarios con el Derecho canónico, la costumbre y el derecho ya vigente en las diferentes regiones. Todo ello partiendo siempre de uno de los pilares de la cultura occidental: el Derecho romano.

Tras esta magna obra, Portalis había entonado ya su canto del cisne. Al año siguiente de la promulgación del Código Civil (1.804) la salud de Portalis comenzó a debilitarse. Falleció el 25 de agosto de 1.807, siendo todavía titular de su cargo de ministro. Sus funerales, por deseo expreso del Emperador, se celebraron con todos los honores.

FUENTE: http://serabogado.com/ser/index.php?option=com_content&view=category&layout=blog&id=30&Itemid=30


¿Cómo no se le ocurrió antes a alguien? Decididos a acortar la duración de un juicio, los abogados de un pleito sobre el Vioxx están empleando relojes de ajedrez para limitar el tiempo que emplean con las argumentaciones de cada parte en el caso. Los controles de tiempo están sobre las 40 horas. “Los abogados somos como el gas: tendemos a rellenar cualquier espacio que se nos facilite“, declaró uno de los letrados participantes.

Decididos a no alargarse, los abogados de Merck & Co. y dos hombres que demandan al fabricante de remedios contra el dolor han acordado limitar el tiempo de las declaraciones y emplearán relojes de ajedrez, que se activarán manualmente cada vez que una de las partes suba al estrado a un testigo, para llevar registro del tiempo.Cuando el juicio comience el día 6 de marzo, los abogados de los demandantes Thomas Cona y John McDarby tendrán 40 horas para presentar sus casos, sin incluir la exposición inicial ni las conclusiones. Los abogados de Merck dispondrán de 35 horas.

La intención es acelerar las batallas de la guerra legal intensiva que se libra sobre el Vioxx, un medicamento contra la artritis retirado del mercado en 2004, tras haber sido vinculado su uso prolongado con ataques al corazón y apoplejías.

Los usuarios del Vioxx o los allegados de los fallecidos han planteado más de 9.650 demandas en los tribunales estatales y federales culpando al medicamento y manteniendo que debe establecerse la responsabilidad del fabricante establecido en Whitehouse Station, N.J.

FUENTE: http://www.chessbase.com/espanola/newsdetail2.asp?id=4061

SOCRATES ANTE EL TRIBUNAL

agosto 24, 2009


Es ésta la primera vez que vengo a un tribunal,
teniendo ya setenta años. Inexperto,
por tanto, y extraño soy al lenguaje de aquí.

Socrates (ante el Tribunal, segun Platon en su Apologia)


Este es el caso de Marco Tulio Cicerón, para algunos el más grande abogado de la historia. Nacido en el 106 aC, siguió una formación clásica y rápidamente encaminó sus pasos hacia el ejercicio de la abogacía, que inició a los 25 años de edad (más o menos como en la actualidad)… lo que sigue es el relato (de la wikipedia) de como Cicerón ganó su primer gran caso: Cicerón empezó su carrera pública como abogado el año 81 a. C. Era un pleito civil en el que Publio Quincio, su cliente, reclamaba que se le entregara una herencia que retenía como propia un tal Nervo, aunque no conocemos el desenlace del caso. Pero no fue sino hasta el siguiente año, el 80 a. C., cuando Cicerón obtuvo su primera oportunidad de intervenir en un juicio de alto interés público, al ejercer la defensa de Sexto Roscio por parricidio. La importancia del caso venía dada porque lo que estaba en juego eran las propiedades del difunto, pues dos de sus parientes y Crisógono, liberto próximo a Sila, habían logrado incluir al ya fallecido padre de Roscio en la lista de proscritos, y al acusar de parricidio al hijo le impedirían tomar la herencia. Para enfrentar este caso, que tenía notorias implicaciones a pesar de que Lucio Cornelio Sila ya había renunciado a la dictadura, Cicerón dividió su argumentación en tres partes: en la primera, defendía a Roscio, demostrando que él no cometió el crimen; en segundo lugar, atacó a los presuntos culpables del delito -uno de ellos pariente de Roscio-, argumentando acerca de cómo el delito era culpa de ellos y no de su defendido; por último, atacó a Crisógono, declarando que el padre de Roscio fue asesinado para obtener sus propiedades a un bajo precio, remarcando al mismo tiempo que exoneraba de cualquier responsabilidad a Sila. La estrategia tuvo éxito, transformándose inmediatamente en un célebre abogado y orador.


——————————————————————————– En 1587 los gorgojos estaban sobre la marcha en el pueblo francés de St. Julien. Los viñedos estaban amenazados, y los vecinos tomaron una extraordinaria y moderna decisión: acudieron a los tribunales. Pierre Rembaud, la mitad del equipo jurídico de dos asignado para representar a los gorgojos, alegaron que Dios había hecho la Tierra tanto para los insectos como para los humanos. Antes que acusar a los inocentes insectos, dijo al tribunal, los aldeanos debían haber respetado el ayuno y vestir los hábitos de penitencia, ya que se habían ganado claramente la ira de Dios. El argumento de Rembaud fue convincente, y el tribunal asignó a los gorgojos su propio terreno, con un contrato de arrendamiento anual. En la anecdótica y deambulante historia de Sadakat Kadri de los juicios desde tiempos antiguos hasta hoy, aparecen todo tipo de acusados. Los jueces han dictado sentencia contra carretas y fardos de heno y, en nombre de la justicia, se citaba a los muertos a la corte, literalmente. En Nuremberg en el siglo 15 un acusado que murió esperando su juicio fue llevado con grilletes al tribunal y proveído de un abogado, que defendería su caso. Si lo perdía, el cuerpo sería sentenciado y ejecutado. Reíros si podéis, pero la idea misma de que los alegatos en un proceso formal es la manera correcta de resolver conflictos representa un progreso. Kadri, un abogado que practica justicia criminal en Gran Bretaña, ofrece una dramática visión de los juicios como profundamente truncados, a menudo un bizarro ritual que ha mostrado extraordinarios poderes de adaptación y resistencia. Empieza con los griegos, que veían el juicio como un medio de remplazar la justicia colectiva por la venganza privada, y se hace camino bamboleándose a través del desarrollo de los juicios de jurados hasta la edad moderna y los juicios de Jeffrey Dahmer, Bernhard Goetz y Slobodan Milosevic. Kadri propone mucho más de lo que aporte. Lo que empieza como una ambiciosa historia intelectual se convierte rápidamente en una lista de éxitos musicales de juicios famosos, con de vez en vez algo de análisis. El juicio de Emmett Till, contado en algún detalle, ofrece la argumentación más bien obvia de que a veces los jurados dictan malas sentencias. El juicio por obscenidad de Oz, que implicó a los editores de una cruda revista contracultural de Londres, proporciona a Kadri un divertido diálogo en la sala, pero nada que se parezca a un alegato mayor sobre la ley o los juicios de jurados. El Juicio del Mono aparece fundamentalmente porque el autor lo encuentra interesante como teatro. Este enfoque de tienda grande tiene sus recompensas. William Howe, un abogado de Nueva York que representó a 600 asesinos acusados a fines del siglo 19, arroja pocas luces sobre el tema, pero causa una extraordinaria impresión. Howe, que lloraba con tanta facilidad que se sospechaba que usaba un pañuelo impregnado de cebolla, hizo una vez un alegato, arrodillado. En lo que puede haber sido su momento de gloria, convenció al jurado de que su defendido, que confesó haber matado a un hombre con un martillo, haberlo desmembrado y metido partes del cuerpo en cajas, había actuado movido por la compasión. No quería que sus hijos quedaran traumatizados por la visión de un cadáver. Kadri gasta demasiado tiempo describiendo y muy poco analizando los juicios mediáticos estalinistas y los de Nuremberg. Estas historias han sido contadas una y otra vez en otros lugares. Causa sorpresa, y alivio, que Kadri retroceda de los juicios de Moscú y ofrece una interpretación. El espectáculo de remordimiento, confesión y auto-inculpación, por retorcida que haya sido la Unión Soviética, ha jugado siempre un importante papel en los juicios. En Atenas, los acusados debían proponer sus propias sentencias, y en la antigua Roma debían presentarse al tribunal sin afeitarse y vestidos de duelo. El juicio como un teatro de contrición, escribe Kadri, “ha operado siempre para restablecer el balance en comunidades después de que alguien ha violado las reglas, y, permitiendo a los acusados volver al redil o expulsándolos, ha exigido que acepten esas reglas manifiestamente por medio de la humildad o el remordimiento”. Los juicios de Nuremberg ofrecieron un tipo muy diferente de teatro. La audiencia no estaba compuesta por alemanes, que prestaron poca atención al drama en el tribunal, sino más bien, dice Kadri, las sociedades que estaban juzgando, “celebrando su propia medida de justicia”. Todo el punto de la guerra, implicaron los juicios, era restablecer un orden social en el que víctimas y vencedores tienen derechos. Kadri, en su conclusión, presenta un rara estadística. El número de casos criminales efectivamente resueltos por un juicio planea “justo por encima de la irrelevancia estadística”. En 1839 un 75 por ciento de los cargos por delitos mayores en Nueva York terminaron con un juicio. Hoy, esa cifra es de un 5 por ciento, casi lo mismo que en Gran Bretaña, donde en los años de 1830 un 95 por ciento de los cargos por delitos mayores terminaron en juicios. En otras palabras, el majestuoso espectáculo del juicio se está haciendo mas raro, incluso cuando crece su prestigio, y un inflado ejército de abogados, rodeados de camarógrafos de Court TV, está lista para servirla. Si Sócrates estuviera vivo, seguro que pediría un acuerdo de admisión de culpabilidad. En lugar de cicuta, habría salido en libertad condicional y cien horas de trabajo comunitario.


Las batallas legales entre los herederos de Jerry Siegel, Warner Bros y DC Comics han llegado a su fin.

 

En este último episodio la familia de Jerry Siegel impugnó el acuerdo entre Warner Bros y DC Comics, que da a la primera los derechos para filmar las películas de Superman, reclamando la familia Siegel parte de las utilidades por Superman Returns.

 

Aunque el Juez sentenció a favor de las empresas declarando como válido el acuerdo y negando las utilidades a los Siegel, estableció que si Warner Bros no inicia la producción de otra película de Superman para el 2011, los Siegel podrán demandar a la empresa por daños.

 

Además quedó claro que en 2013 los Siegel, junto con la sucesión de Joe Shuster, serán los propietarios de todos los derechos originales sobre Superman y ni DC Comics o Warner podrán explotar algún trabajo relativo a Superman si no cuentan con la licencia de los Siegel y los Shuster.

 

Aunque los derechos de los Siegel y Shuster sólo aplican en Estados Unidos, da la posibilidad de que si no llegan a un acuerdo con la empresa, los herederos puedan llevar el personaje a otra compañía, con todo lo que ello implica, o inclusive que, al menos en el territorio estadounidense, se deje de publicar este superhéroe.

 

Por lo pronto, esto puede acelerar una nueva película de Superman, aunque tal vez la calidad no sea de lo mejor.

 

Fuente Times on Line

 http://miabogadoenlinea.net/index.php?option=com_content&view=article&id=838:terminan-litigios-en-torno-de-superman&catid=35:el-derecho-y-la-farandula&Itemid=54


Pocos días antes de la fecha de partida de la flota, ocurrió que al amanecer se advirtió en Atenas que todas las estatuas de los dioses habían sido mutiladas de sus órganos masculinos; lo que fue tomado como un presagio de derrota. Se culpó a Alcibíades, quien huyó a Esparta y se puso a su servicio. La expedición a Sicilia, fue un fracaso.
En el 411 A.C., Atenas enfrentó una conspiración de la cual resultó el gobierno de los Treinta Tiranos, entre ellos Critias y Carmónides. Su concepción era restablecer en Atenas el respeto a las tradiciones. En 432 a.C., al principio de la Guerra del Peloponeso, se había establecido en Atenas el delito de asébeia o impiedad, que consistía en poner en cuestión la existencia de los dioses. Esta ley se había aplicado a Anaxágoras y al gran escultor Fidias, autor de los principales templos de la ciudad. Al primero por impartir enseñanzas contrarias a la religión en cuanto al Sol y la Luna; y al segundo por haber pretendido divinizarse al representarse a sí mismo, en una estatua de un templo.
Por su calidad de ciudadano ateniense, parece que en varias oportunidades correspondió a Sócrates ocupar los cargos públicos anuales, que se elegían por sorteo. Cuenta Jenofonte que durante la Guerra del Peloponeso, habiendo sido derrotada la flota ateniense, Sócrates se opuso, en nombre de las leyes de la ciudad, a que se juzgara y condenara en conjunto a los jefes de la flota.
En 404 A.C., luego de la derrota por Esparta, el gobierno de los Treinta Tiranos dispuso detener a un ciudadano llamado León de Salamina; para lo cual, siguiendo las normas del caso, se designó por sorteo a 5 ciudadanos para ir a arrestarlo, entre ellos Sócrates que, sin cumplir con ello, se volvió a su casa. Sin embargo, al parecer eso no le ocasionó ningún contratiempo.
Finalmente, cinco años después los Treinta Tiranos habían sido derrocados por el partido democrático de Atenas; restableciendo las antiguas instituciones de la polis. Entre quienes más había contribuido a ello, se contaba Anito. Según la versión de Jenofonte, Anito había hecho fortuna con una curtiembre que, como todas las actividades productivas atenienses, empleaba esclavos. También Anito tenía un hijo, y al parecer Sócrates le reprochaba la forma en que lo educaba, diciendo que lo estaba educando para ser un curtidor y no un ciudadano de Atenas.
Ante un tribunal de 501 ciudadanos atenienses elegidos por sorteo, Sócrates fue acusado por Meleto, “de no creer en los dioses en que cree la ciudad, de introducir divinidades nuevas, y de corromper a los jóvenes”. La acusación fue secundada por Licón y también por Anito, que parecería haber sido su promotor. Se le imputaba el delito de impiedad; en caso de ser hallado culpable, la sentencia era la muerte por medio de un veneno, la cicuta.
Nacido, criado, habitante y ciudadano de Atenas toda su vida, Sócrates era un personaje absolutamente conocido en la ciudad. La “corrupción de los jóvenes” que se le atribuía, no se refería a otra cosa que a su enseñanza contraria a las tradiciones. Según cuenta Jenofonte, cuando Sócrates demandó a su acusador que mostrara alguno de los por él corrompidos, Meleto mencionó a todos aquellos que había convencido a seguir su autoridad en vez de la de sus padres.
El proceso de Sócrates solamente es conocido por los relatos de Platón y Jenofonte, sus amigos, que por supuesto le tienen simpatía. En el relato de Platón, el discurso de defensa de Sócrates es la oportunidad de exponer su doctrina, según la cual la virtud, la justicia y la verdad no son cuestiones que puedan resolverse según las costumbres, sino conforme a las exigencias de la razón.
En la primer votación, 280 jurados lo consideraron culpable y 211 inocente. Se le requirió que propusiera una pena alternativa de la de muerte, como pagar una multa. Sócrates, considerando que su enseñanza había sido en bien de la ciudad, propuso que como a los campeones de las Olimpíadas, se le alojara en un palacio y la ciudad pagara su sustento. Cuando se hizo la votación acerca de la pena a aplicarle, 361 optaron por la pena de muerte, y 140 por la que Sócrates propusiera como alternativa.
La sentencia de muerte no podía ejecutarse en Atenas hasta que volviera el barco sagrado que había sido enviado a Delos para conmemorar el triunfo de Teseo sobre el Minotauro. Pasaron 30 días, durante los cuales sus amigos le instaron a fugarse bajo su protección; pero Sócrates sostuvo que el primer deber del ciudadano ateniense era respetar sus leyes.
Dicen sus cronistas, que cuando bebió la cicuta, a punto ya de morir, miró a su amigo Critón, y le dijo: “Le debo un gallo a Asclepio; no te olvides de pagárselo.


Llamado también Juicio salomónico o Decisión salomónica, es un relato basado en el Antiguo Testamento que se encuentra en el libro 1 Reyes 3: 16-28 que describe como el juicio del rey Salomón devuelve un niño a su verdadera madre.

Relato

Se presentaron ante el rey Salomón dos mujeres que vivían en la misma casa y argumentaban ser la madre de un niño. Ambas madres habían dado a luz con diferencia de tres días pero el hijo de una de ellas falleció durante la noche. Al notarlo, esta madre intercambió los niños, colocando el muerto en los brazos de la madre que dormía y el que quedaba vivo en sus propios brazos.

A la mañana siguiente la madre que había dormido toda la noche se dio cuenta de la trampa y así fueron a buscar justicia ante el rey.

Salomón para dilucidar el dilema, ensaya una treta y ordena partir al niño en dos. “Partid en dos al niño vivo, y dad la mitad a la una y la otra mitad a la otra”.

La madre falsa está de acuerdo con el rey, pero la madre verdadera pide que no dividan al niño, renunciando a reclamar a su hijo.

Con ello el rey Salomón pronuncia su sentencia devolviendo el niño a la verdadera madre: “Entregad a aquella el niño vivo, y no lo matéis; ella es su madre“.

El relato finaliza destacando la sabiduría de Salomón para juzgar.